La lapidación de un periodista

Por César Román

El linchamiento público que se está llevando a cabo contra el periodista y veterano locutor de radio Eduardo García Serrano es francamente bochornoso. Hacía muchos años que no asistía a un espectáculo tan cruel, despiadado y escatológico. Eduardo es un periodista de raza. De los que escasean. Recientemente esos mimbres le hicieron merecedor del Micrófono de Oro por el cesto que teje con ahínco cada mañana. Un hombre de convicciones, cabeza bien amueblada y sangre caliente. Eso no exculpa que Eduardo cometiese un error. Insultó en medio del fragor de la batalla de la tertulia televisiva El Gato al Agua a una persona. Es cierto que lo hizo. Eso no lo niega nadie. Ni siquiera él. Lo hizo con palabras gruesas. Se refirió con palabras duras a la autora de una campaña que iba en contra de su escala de valores. Valores con letras mayúsculas de los que, por otra parte, otros carecen. La desmedida contundencia en la respuesta a una equivocación, que por otra parte es cotidiana en muchas otras tertulias, es lo que chirría en todo este asunto. Intentar acabar con una carrera, como se está exigiendo desde ciertos organismos oficiales, por un error cometido al calor de una tertulia intensa es absolutamente desproporcionado. Una desmesura kafkiana a todas luces.

En múltiples ocasiones asistimos a ataques furibundos contra figuras públicas sin que nadie levante siquiera un dedo para pedir la palabra o defender al vilipendiado. Inclusive nuestra Justicia absuelve a quienes piden la muerte contra el Jefe del Estado desde la más absoluta impunidad. A estos el manto de la libertad de expresión les arropa y les exonera de toda culpa. Pero cuando alguien ofende alguno de los valores sacrosantos de lo políticamente establecido como correcto, una turba de estómagos agradecidos e indigentes intelectuales se lanzan sobre quien lanzó el anatema. Es la doble vara de medir de quienes se presumen abanderados de la libertad y la igualdad. Pero que en aras de esas banderas no toleran que nadie utilice su propia libertad, para opinar en igualdad de condiciones en sentido contrario a sus criterios. Lo que en mi pueblo llaman la ley del embudo. Lo ancho para mí y lo estrecho para ti. Si es una ministra quien utiliza un avión militar para uso personal, no tiene el mismo tratamiento que si un grupo de militares trasladan a una boda a sus familiares en helicópteros. La primera ni siquiera ofrece unas simples disculpas, mientras los otros son arrestados y expuestos al escarnio público. Como ocurrió en Baleares. El caso es idéntico, pero la respuesta no. Eso es lo que está ocurriendo en el caso que hoy tratamos aquí.

Consciente de su lapsus, Eduardo pidió anoche disculpas públicas. Lo hizo dando la cara, de forma extensa y pormenorizada en el mismo programa en que erró. Fiel a su ética y estilo. Un ejemplo inusual en el mundo de la prensa. Un mundo en el que muchos se equivocan y pocas veces se rectifica y mucho menos de la forma y manera en que él lo hizo. Pero Eduardo es un caballero y un profesional, y sus disculpas son un pequeño botón de muestra de ello. Ejemplo que deberían seguir todos los que se equivocan a diario insultan y escarnecen al ajeno, desde las tribunas de muchos medios. Periodistas y contertulios. Ejemplo que podrían seguir los que con insultos muchos más graves que los de Eduardo, se han referido a él para criticar sus palabras. Si aceptasen las disculpas y rectificasen las suyas se situarían en igualdad de condiciones, y con ello se restituiría el estatus quo anterior. Sin embargo dudo mucho que esto ocurra. Lo más probable es que reincidan en su nauseabunda actitud exigiendo carnaza frente a los leones o su cabeza clavada en una pica en el centro de la plaza, a pesar de su explícito arrepentimiento. Ello evidenciará quién tiene más elevación moral y quién más mezquindad. Porque equivocarse lo puede hacer cualquiera. Pero reconocerlo es otro cantar.

Artículo publicado el 10/06/10 en el diario La Noticia de Málaga.
Artículo publicado el 10/06/10 en el diario Costa del Sol News.

3 comentarios:

  1. Celebro conocer a este nuevo colaborador de Hispaniainfo. El artículo es bueno. Pero no compartimos la opinión de que Eduardo se equivocó en la forma. En la defensa de la verdad y de la justicia uno no puede quedarse en el sí pero no. Cuando se trata de valores éticos y morales sagrados hay que contestar con el sí o con el no rotundos. O callarse. Esto último lo considero propio de los cobardes. O de los “poncios”, que lo son por definición: los que se lavan las manos y terminan dictando las sentencia de la suprema blasfemia. Se cree que Poncio Pilato se suicidó.

    Estaba viendo la tertulia del suceso. Nada más escuchar la noticia que provocó la reacción de Eduardo, mi pensamiento se adelantó -en lo que tardaron en darle la palabra- a la respuesta de nuestro protagonista. Nada de visceral la respuesta. Lógica. Natural. La propia de una persona que tiene perfectamente interiorizada la gravedad del pecado de escándalo que constituye la noticia en sí. La reacción de repulsa ética a la brutal agresión de los hechos. La inevitable defensa de la inocencia, de la pureza, de la belleza, de la dignidad, etc. de las víctimas jovencísimas. La ética es la afirmación de esos y otros valores supremos e intangibles, como la Verdad y la Justicia, el Honor, la Libertad, etc.

    Llevemos la educación a su estadio más sublime. Hasta el refinamiento de las costumbres y de las formas, si es menester. Pero no le perdamos la cara a los que ofenden con odio militante los valores éticos y morales. Plantemos cara, serenamente, pero con radical firmeza a los reptiles que pretenden inocular su maldito veneno corruptor en nuestros jóvenes y adolescentes.
    Y tendrán cuidado con nosotros. Se tentarán la ropa. Solo con la fuerza de nuestra palabra. Y con nuestra actitud irreductible en defensa de los valores que dan sentido a nuestra vida de católicos y de falangistas.

    La vida -nos enseñó José Antonio- sólo merece la pena vivirse si se quema en el servicio de una empresa grade. Y para quien así lo haga, la promesa de la vida eterna; y ya aquí, en esta vida, el ciento por uno de vivir en paz con su propia conciencia.

    Era yo un joven militante del FES cuando conocí a Rafael García Serrano, en el Club Don Hilarión, en una de aquellas reuniones de la unidad de los falangistas. Hablaba con Rafael y con José Antonio Elola, uno de cuyos hijos había sido compañero y amigo mío en los Maristas. Salió el tema de Franco, creo recordar, y no quisiera faltar a la verdad, pero también creo recordar que el padre de Eduardo me dijo algo así como: “De acuerdo. ¡Pero es que fue el General de nuestra juventud!”. Lo entendí al instante. Allí estaba una contradicción admirable de falangismo joseantoniano impecable y de lealtad guerrera al General de su juventud.

    José Cabanas

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  2. Las personas que no conocen a Eduardo no tienen ni idea de la talla moral y ética que son sus dos pilares fundamentales en toda su trayectoria, tanto personal como profesional.
    Estoy de acuerdo que el insulto no es la mejor arma para defender una postura, pero hay que ver como se produjo y los motivos por los cuales se calentó. Conozco a Eduardo y se que estos momentos no son los mejores.
    Decir en defensa de Eduardo que desde hace unos años hay "personas" que llaman a su programa para insultarle y amenazarle...
    Desearle a mi buen amigo Eduardo García Serrano todo lo mejor.
    Un abrazo,
    Aurelio René de Nicolás.

    P.D.: Felicidades por tu magnifico artículo César.

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  3. ernestafaya@hotmail.comJul 8, 2010 03:51 PM

    decir la verdad, no es insultar,describir y constatar un hecho nó es insultar,delatar una infamia,nó es insultar.Simplemente,aunque,por medio de un calenton y sin medir las consecuencias (que le depararian los miserables)fué VALIENTE e INTEGRO.Que pena que nadie se atreva, otro gallo nos cantaria.muchas gracias por tú honradez.cuenta conmigo,siempre.Un abrazo

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