Por César Román
Mucho se viene hablando de la deuda pública española. Es indudable que nuestro nivel de deuda es insostenible. Dicho esto, aclarar que la mayor parte de la deuda procede del sector privado. Cuando a esa deuda privada se le ha sumado una galopante deuda pública es cuando han saltado las alarmas. La suma de ambas deudas nos ha llevado a un callejón sin salida, que hizo quebrar hace tiempo ya, el llamado estado del bienestar. Esa máxima procede de economistas tan consolidados como el profesor Juan Velarde o Bernaldo de Quirós y está refrendada por una mayoría cualificada de economistas españoles. Pero el problema no reside en la capacidad de cada cual en endeudarse, sino en la capacidad que cada uno tiene a la hora de pagar. Si sus ingresos le permiten pagar tres hipotecas y mantener cuatro coches, perfecto. Pero si no es así, algo falla en sus cuentas. Y eso es lo que diferencia nuestra deuda de la de otros países de la Unión Europea a los que se nos ha comparado.
Las declaraciones balsámicas de Felipe González señalando que nuestro nivel de deuda es similar al de Gran Bretaña o Francia tiene en sí misma una notable trampa. Y esta no es otra sino la capacidad de pago, que en este caso es de casi tres veces menos en el caso español. Si a esto le sumamos que España tiene que pagar por su deuda en los mercados internacionales entorno a un 30% más que Gran Bretaña, y casi un 40% en el caso de Alemania, vemos un cuadro más completo. Y nosotros tenemos que pagar nuestra deuda más cara, porque tenemos un mayor riesgo de impago. Esto se debe a que pocos creen que podamos pagar tres hipotecas y cuatro coches con los ingresos mileuristas que tenemos. Los organismos internacionales nos recuerdan que nos fallan las cuentas. Por esa sencilla razón la argumentación de Felipe González no tiene razón de ser.
Dicho todo esto, es una obviedad que para poder pagar hay que ingresar. Eso es lo que dedujeron los países de nuestro entorno, mientras nosotros continuábamos endeudándonos sin pensar en la factura posterior. Han sido el aumento de las exportaciones las que han posibilitado que otras economías superaran antes que nosotros su situación. Ello sin olvidar el importante componente de la productividad de sus trabajadores, en la que por cierto estamos a la cola. Con respecto a las exportaciones tenemos un grave problema. No tenemos un buen nivel de exportaciones. Esto es debido en parte a una falta de iniciativa privada y pública y de agilización de trámites administrativos. Y por otra al innegable problema de la carencia de productos que exportar, dada nuestra apuesta decidida desde hace años por el sector servicios y la construcción. Y por otra parte tenemos el problema endémico de la productividad de nuestros trabajadores. España es la nación en la que más horas se pasa en el puesto de trabajo y menos se produce por ese tiempo. Eso nos tiene que llevar a replantearnos nuestro esquema productivo y laboral, premiando la productividad sobre el tiempo de permanencia. Para ello hay que replantear la redacción del Estatuto de los Trabajadores que prohíbe literalmente las relaciones laborales sujetas a una productividad determinada o el salario en base a resultados. Lo que supone un gran problema, no sólo para nuestra productividad, sino para la reorganización de la jornada de trabajo, la conciliación de la vida laboral y familiar y la gestión del conocimiento. Sin aumentar nuestra productividad y sin mejorar nuestros datos de exportación difícilmente podremos tener mayores ingresos para pagar nuestras deudas. Y esa es una tarea pendiente que tenemos, al margen de controlar de forma exhaustiva nuestros gastos públicos.
Artículo publicado en la revista Gestión Humana en su edición de junio de 2010.

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