Por César Román.
Eran más o menos las cinco de la tarde. Yo viajaba en el metro de Madrid imbuido en la lectura de un libro. Por la puerta central del vagón entró un hombre al que, en principio, no presté demasiada atención. Junto a él entraron varias personas más que buscaron rápidamente asiento o una barra a la que agarrarse. Sin embargo él se quedó parado junto a la puerta de entrada. Cuando el tren reinició la marcha el hombre comenzó a hablar. Pidió disculpas por las molestias y entonces me fijé más en él. Era bastante alto. Aunque eran días de mucho frío e iba muy arropado, se le presuponía bastante fuerte. Sus manos eran grandes, fuertes y poco cuidadas. Se me antojó que eran como las de un agricultor o un albañil. Con el pelo canoso, y la cara marcada por pequeñas venillas de las que se revientan cuando uno está expuesto a la intemperie, el calor y el frío. Y entonces me sorprendí al reconocer ese rostro y esa mirada. Se llama Antonio, y yo lo conocía desde mis tiempos de estudiante en La Salle. Junto a la iglesia de La Paloma. En uno de los barrios más castizos de Madrid. Será dos o tres años mayor que yo y coincidí en bastantes ocasiones con él. En el colegio estudiaban varios hermanos suyos. Creo que eran cuatro o cinco y formaban una familia humilde y trabajadora. Recuerdo que su padre, que era muy aficionado al boxeo, me llevó algunas veces con sus hijos a ver combates en el desaparecido Campo del Gas. Ahora aquello son pisos, un Telepizza y locales comerciales a precio de calle Serrano. Antonio comenzó trabajando en un bar con trece o catorce años en la calle de Toledo. Siembre trabajaba en todo lo que le salía. Le recuerdo ganándose el jornal en una fábrica de patatas fritas, y en una churrería con las manos rojas de la humidad y los vapores del aceite hirviendo. Y los domingos coincidíamos tomando cañas en la calle La Ruda, junto con otros amigos del barrio cuando terminábamos de trabajar en los puestos de El Rastro. Ahora Antonio, con la mirada cansada y el gesto abatido pedía en el Metro. Con voz de vergüenza contaba que no tenía trabajo y mostraba dos fotografías de dos chavalillos en una mano y el libro de familia en la otra. Son sus dos hijos. Pedía un trabajo o una ayuda. Su voz, ya no era la robusta y fuerte de antaño. Había tenido que bajar al infierno para encontrarse en esa situación. Abatido no hacía sino pedir disculpas una y otra vez. Atrás había quedado su alegría y sus ganas de luchar. Se apagaron en él los gritos de alegría y las ganas de juego. Se acabó ese gesto de fe en el futuro. Antonio nos enseñó a unos cuantos, en el patio del colegio, a cantar y a silbar el Cara al Sol, para fastidiar a un profesor que no era precisamente de esas ideas. Y juntos aprendimos a dibujar yugos y flechas que las plantábamos en la pizarra antes de que el profesor llegara clase. Así, comenzaba todas las clases con el borrador en la mano y un cabreo de aquí te espero.
Ahora la crisis y la irresponsabilidad de los dirigentes de nuestra nación, ha puesto a Antonio a pedir en el Metro. Y a mí me ha puesto el cuerpo descompuesto. Antonio es la cara humana de las grandes declaraciones de los hideputas de los coches oficiales. Una de las millones de caras reales que tiene el paro. Pero a Antonio, que siempre tuvo gesto de sincero, le ayudó casi todo el vagón. Gente normal y corriente como él. Ciudadanos trabajadores que serán los que saquen a España de la crisis y los que ayudan a sus semejantes en los momentos difíciles.
Llegamos a la siguiente estación, y tras un breve saludo, un vigilante de Prosegur le indicó a Antonio que tenía que bajar. Está prohibido pedir en el Metro. Varios protestamos, por lo injusto de la situación. Antonio nos hizo un gesto de tranquilidad. Él no tiene ganas de discutir. ¡Nos vemos en el barrio! Un abrazo, Antonio.
PD: Esta es una historia real, a la que por respeto a este hombre, le he cambiado el nombre de pila.
Artículo publicado en la revista Andalucía 365 el 5 de enero de 2009.
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