Por César Román.
A comienzos de los noventa tuve la oportunidad, por primera vez en mi vida, de escribir para un medio de comunicación. Lo hice para el diario Madrid. Fue un pequeño periódico de información local de la capital, de efímera existencia. Desde esa oportunidad he colaborado o trabajado en más de treinta medios de comunicación. De todos ellos guardo un especial recuerdo para el desaparecido diario YA. Formé parte de su plantilla hasta su desaparición. En aquellos días, los grandes Jaime Campmany y Enrique de Aguinaga, maestros de maestros del periodismo, dijeron de nuestra redacción que era la mejor muestra de periodismo de trinchera del momento. Aquello nos valió a todos más que las nóminas impagadas de muchos meses. Allí aprendí de varios grandes periodistas a entresacar y leer la auténtica información. La que viene en muchos casos entre líneas, y aparece detrás de los grandes titulares. La información que aparece en un periódico adquiere verosimilitud por el mero hecho de ser publicada. Me lo enseñó una vez José Javier Esparza, que hoy escribe en Sur una de las columnas más brillantes de crítica televisiva del panorama mediático español. Y llevaba razón, aunque tardé tiempo en comprender el motivo. Recuerdo que en aquella conversación, Carlos Salas, que entonces era redactor jefe de internacional de El Mundo, asentía sonriendo. Una de esas imágenes, que a uno se le quedan grabadas en la memoria para los restos.
Leer un periódico requiere un esfuerzo. Ver la tele no. La solidez de una información y otra es vista de forma diferente. Es curioso. La información está transmitida por las mismas agencias. Está redactada por periodistas en ambos casos. Sin embargo, para el gran público no es lo mismo una información publicada por un periódico que la transmitida por otro medio. Esa es la grandeza de un periódico. Su imagen de seriedad. Eso hace que la prensa escrita sea el auténtico contrapoder.
POSDATA: Uno de los periodistas más perspicaces y ácidos que he conocido en mi vida es Alfredo Amestoy. A Alfredo, como le pasó a Fermín Bocos, le cortaron la cabeza por ser políticamente incorrectos en momentos en que eso no se permitía. Como ellos, el camino del periodismo independiente o a contracorriente está lleno de cadáveres. Ahora observo a Risto Mejide, y me parece una calcomanía de la independencia periodística al lado de esos grandes. Su crítica y acidez es sólo superficial. Para crítica y acidez, la de Arturo Pérez Reverte, aunque comparar a ambos sería una necedad terrible. Como diría Aberasturi.
Publicado en el Periódico Ahora Málaga el 1 de noviembre de 2009.
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